lunes, 1 de febrero de 2021

Hablemos de política, con perdón.

         Hay preguntas que según las circunstancias son algo tabúes, como preguntar la edad, si tienes pareja o tu estado civil, si le  gustas a una persona (no necesariamente en su sentido romántico). Yo diría que por encima de esas hay una especialmente difícil de preguntar, la de tu ideología y práctica política. Yo, que tengo amigos, compañeros y conocidos en ambos extremos del ideario político y partidista (no porque lo haya preguntado, que no es culturalmente correcto, parece, sino porque se suele notar), no sé hasta qué punto me identifican con una determinada ideología. Es más, sé que unos me identifican más con un ideario y otros con otro. Y no porque quiera jugar al despiste, sino porque no me suelen preguntar y porque mi identificación política tiende a huir de etiquetas partidistas demasiado constreñidas, que por nuestra cultura llevaría a meterme en un “club ideológico” apasionado o al menos demasiado seguidista de lo que piense el líder o el color del partido en cuestión.

Un problema social, cultura y, por ende, educativo, es el de la tremenda  dificultad en elaborar argumentos políticos. En ello las redes sociales tienen mucho que ver. Lo que se fomenta es el mensaje corto, radical, emocional y de seguidismo dependiente. Qué fácil es dar a “compartir” y así identificarme con ideas que no son elaboradas por mí sino por mis “influencers” políticos  e ideológicos.

A lo mejor el problema de que no nos guste que nos pregunten nuestro ideario político es que no tenemos el conocimiento ni la capacidad argumentativa para defender ideas más allá de los etiquetajes oportunos. Sería una primera pregunta que nos podríamos hacer.

Tampoco ayuda el ejemplo de los debates parlamentarios y menos los periodísticos o televisivos. El objetivo no es dialogar desde los argumentos, no se busca la verdad sino el convencer o el agredir, para así situarse en una posición de fuerza y de poder ante la carencia de réplica argumentativa. Es verdad que nuestro cerebro está hecho para intentar llevar la razón y convencer y no tanto para descubrir la verdad de las cosas (y esto es ciencia, lo siento).

En los debates políticos y sociales se busca más el seguidismo panfletario, el forofismo partidista, que la construcción colectiva de una verdad que nos atañe a todos porque debe buscar el bien común. Hay una pregunta que ya de por sí hacerla desmorona el sentido intelectual de todo esto. Ante debates sobre cuestiones difusas, matizables, novedosas, que requieren por eso de mucha escucha, de muchos argumentos a compartir, ¿cómo es posible que ya de ante mano haya ideas, opiniones colectivas idénticas y posicionamientos radicales uniformes de muchas personas identificadas con unas siglas o unos colores? Observemos las votaciones en el Parlamento y los aplausos colectivos, uniformados por una fidelidad no a la verdad sino a la tribu. O en las RRSS, cuando vemos un twit, o una opinión en facebook de una persona identificada con un color (partido, sigla, tribu), los “me gusta” sin matices, las alabanzas sin crítica, o las críticas feroces que vienen determinadas no por la fuerza de los argumentos sino por la fuerza de la hinchada política en cuestión.

Cuando sale una opinión de un político o de un partido, ¿no tiendo a identificarme más por el “quién” lo dice que por el “qué” dice? Quizás el “quién” es ya un condicionante excesivo para mi posicionamiento.  El “qué” me debería llevar a escuchar, informarme, interpretar y sobre todo argumentar más allá del lema tópico típico a que estamos tan acostumbrados para pensar lo justo (poco) y ser ideológicamente tan dependientes.

            Y volviendo a la pregunta que seguro que muchos se estarán haciendo o se han hecho en algún momento. ¿Cuál es mi ideología política? ¿Izquierda, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres? ¿PSOE, PP, VOX, Ciudadanos, PODEMOS…? Etiquetas.

La clave de la Democracia no está en los etiquetajes políticos (tendencia malsana de la ignorancia, de la vagancia intelectual o de la apatía social, y así nos va) sino  en la práctica política, en sus argumentos racionales, en las emociones gestionadas y en la acción transformadora.

Los argumentos racionales tiene que ver con la idea de Justicia, de Libertad, de Igualdad…, que tengamos ¿los tenemos? Pero me voy a centrar en lo que me parece más sugerente en este momento, porque desde ahí se activa en gran medida la participación política, sus formas y sus consecuencias. Se trata de lo emocional. Y en concreto el miedo, la esperanza y la seguridad.

 El miedo, como generador también de la rabia (ira, enfado), el asco (aversión, desprecio) y la envidia, es o son las principales fuentes emocionales de la práctica de la violencia física y verbal, de la exclusión y marginación social, no solo económica, que también. Por tanto, de determinadas prácticas e ideologías políticas.

Un ejercicio. ¿Seríamos capaces de identificar estas emociones en las opiniones, los gestos, las formas de nuestros políticos, periodistas, analistas o en nosotros mismos cuando hablamos de política? Enfado, ira, envidia, asco. Sobra decir que si nos vamos a las RRSS estas emociones campan por sus anchas en un nicho ecológico altamente reproductivo. Estas emociones tienen un trasfondo de miedo muy importante, de inseguridad y de falta de esperanza. ¿En el fondo a qué o quién tememos? ¿De dónde nacen nuestras inseguridades más profundas? ¿Cómo afecta eso a nuestras capacidades para el diálogo con el otro que piensa distinto desde el reconocimiento del mismo como un interlocutor válido, respetable y querido? ¿Respetable y querido? Será el de mi ideología, partido o tribu, ¿no? Dirían muchos.

La esperanza como base para el diálogo político y la solidaridad, como antídoto del miedo, surge y se nutre del amor, el amor a una causa, a una nación, al conciudadano, al rival, al mundo… o a Dios. Y de este amor surge una emoción y una capacidad, cada vez más reconocida en el mundo de la psicología y la filosofía, que es fundamental para el cambio social en la línea de los derechos humanos y de la lucha contra la injusticia: la compasión. La compasión es una emoción capaz de motivarme para la acción siempre que se mueva en el marco de la esperanza. La compasión y la esperanza, dos de las grandes emociones políticas para gestionar un mundo desde la justicia y la solidaridad.

La vivencia y la participación ciudadana y política es profundamente emocional en nuestra cultura. ¿Sabemos identificar las emociones que nos surgen en estos ámbitos? ¿Somos capaces de tomar conciencia de cómo influyen estas emociones en nuestra participación ciudadana a la hora de interactuar y dialogar con el que piensa distinto? La política es el arte de la construcción de lo justo. Y lo justo como estado sólo se puede hacer en común, desde el diálogo basado en el reconocimiento del otro con el que convivo e interactúo, especialmente con el que argumenta y actúa de forma distinta.

Para terminar, mejor que preguntarme a quién voto prefiero que me pregunten qué pienso sobre lo justo, sobre la libertad, sobre la igualdad… Esto no llevará a confusión. Lo primero, por desgracia, creo que sí, porque yo soy el primero que me confundo, seguro.

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