Hay preguntas que según
las circunstancias son algo tabúes, como preguntar la edad, si tienes pareja o
tu estado civil, si le gustas a una
persona (no necesariamente en su sentido romántico). Yo diría que por encima de
esas hay una especialmente difícil de preguntar, la de tu ideología y práctica
política. Yo, que tengo amigos, compañeros y conocidos en ambos extremos del
ideario político y partidista (no porque lo haya preguntado, que no es
culturalmente correcto, parece, sino porque se suele notar), no sé hasta qué
punto me identifican con una determinada ideología. Es más, sé que unos me
identifican más con un ideario y otros con otro. Y no porque quiera jugar al
despiste, sino porque no me suelen preguntar y porque mi identificación
política tiende a huir de etiquetas partidistas demasiado constreñidas, que por nuestra cultura
llevaría a meterme en un “club ideológico” apasionado o al menos demasiado
seguidista de lo que piense el líder o el color del partido en cuestión.
Un problema social,
cultura y, por ende, educativo, es el de la tremenda dificultad en elaborar argumentos políticos.
En ello las redes sociales tienen mucho que ver. Lo que se fomenta es el
mensaje corto, radical, emocional y de seguidismo dependiente. Qué fácil es dar
a “compartir” y así identificarme con ideas que no son elaboradas por mí sino
por mis “influencers” políticos e
ideológicos.
A lo mejor el problema
de que no nos guste que nos pregunten nuestro ideario político es que no
tenemos el conocimiento ni la capacidad argumentativa para defender ideas más
allá de los etiquetajes oportunos. Sería una primera pregunta que nos podríamos
hacer.
Tampoco ayuda el
ejemplo de los debates parlamentarios y menos los periodísticos o televisivos.
El objetivo no es dialogar desde los argumentos, no se busca la verdad sino el
convencer o el agredir, para así situarse en una posición de fuerza y de poder
ante la carencia de réplica argumentativa. Es verdad que nuestro cerebro está
hecho para intentar llevar la razón y convencer y no tanto para descubrir la
verdad de las cosas (y esto es ciencia, lo siento).
En los debates
políticos y sociales se busca más el seguidismo panfletario, el forofismo
partidista, que la construcción colectiva de una verdad que nos atañe a todos
porque debe buscar el bien común. Hay una pregunta que ya de por sí hacerla
desmorona el sentido intelectual de todo esto. Ante debates sobre cuestiones
difusas, matizables, novedosas, que requieren por eso de mucha escucha, de
muchos argumentos a compartir, ¿cómo es posible que ya de ante mano haya ideas,
opiniones colectivas idénticas y posicionamientos radicales uniformes de muchas
personas identificadas con unas siglas o unos colores? Observemos las
votaciones en el Parlamento y los aplausos colectivos, uniformados por una
fidelidad no a la verdad sino a la tribu. O en las RRSS, cuando vemos un twit,
o una opinión en facebook de una persona identificada con un color (partido,
sigla, tribu), los “me gusta” sin matices, las alabanzas sin crítica, o las
críticas feroces que vienen determinadas no por la fuerza de los argumentos
sino por la fuerza de la hinchada política en cuestión.
Cuando sale una opinión
de un político o de un partido, ¿no tiendo a identificarme más por el “quién”
lo dice que por el “qué” dice? Quizás el “quién” es ya un condicionante
excesivo para mi posicionamiento. El
“qué” me debería llevar a escuchar, informarme, interpretar y sobre todo
argumentar más allá del lema tópico típico a que estamos tan acostumbrados para
pensar lo justo (poco) y ser ideológicamente tan dependientes.
Y volviendo a la pregunta que seguro
que muchos se estarán haciendo o se han hecho en algún momento. ¿Cuál es mi
ideología política? ¿Izquierda, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres? ¿PSOE,
PP, VOX, Ciudadanos, PODEMOS…? Etiquetas.
La clave de la
Democracia no está en los etiquetajes políticos (tendencia malsana de la
ignorancia, de la vagancia intelectual o de la apatía social, y así nos va)
sino en la práctica política, en sus
argumentos racionales, en las emociones gestionadas y en la acción
transformadora.
Los argumentos
racionales tiene que ver con la idea de Justicia, de Libertad, de Igualdad…,
que tengamos ¿los tenemos? Pero me voy a centrar en lo que me parece más
sugerente en este momento, porque desde ahí se activa en gran medida la
participación política, sus formas y sus consecuencias. Se trata de lo
emocional. Y en concreto el miedo, la esperanza y la seguridad.
El miedo, como generador también de la rabia
(ira, enfado), el asco (aversión, desprecio) y la envidia, es o son las
principales fuentes emocionales de la práctica de la violencia física y verbal,
de la exclusión y marginación social, no solo económica, que también. Por
tanto, de determinadas prácticas e ideologías políticas.
Un ejercicio. ¿Seríamos
capaces de identificar estas emociones en las opiniones, los gestos, las formas
de nuestros políticos, periodistas, analistas o en nosotros mismos cuando
hablamos de política? Enfado, ira, envidia, asco. Sobra decir que si nos vamos
a las RRSS estas emociones campan por sus anchas en un nicho ecológico
altamente reproductivo. Estas emociones tienen un trasfondo de miedo muy
importante, de inseguridad y de falta de esperanza. ¿En el fondo a qué o quién
tememos? ¿De dónde nacen nuestras inseguridades más profundas? ¿Cómo afecta eso
a nuestras capacidades para el diálogo con el otro que piensa distinto desde el
reconocimiento del mismo como un interlocutor válido, respetable y querido?
¿Respetable y querido? Será el de mi ideología, partido o tribu, ¿no? Dirían
muchos.
La esperanza como base
para el diálogo político y la solidaridad, como antídoto del miedo, surge y se
nutre del amor, el amor a una causa, a una nación, al conciudadano, al rival,
al mundo… o a Dios. Y de este amor surge una emoción y una capacidad, cada vez
más reconocida en el mundo de la psicología y la filosofía, que es fundamental
para el cambio social en la línea de los derechos humanos y de la lucha contra
la injusticia: la compasión. La compasión es una emoción capaz de motivarme
para la acción siempre que se mueva en el marco de la esperanza. La compasión y
la esperanza, dos de las grandes emociones políticas para gestionar un mundo
desde la justicia y la solidaridad.
La vivencia y la
participación ciudadana y política es profundamente emocional en nuestra
cultura. ¿Sabemos identificar las emociones que nos surgen en estos ámbitos?
¿Somos capaces de tomar conciencia de cómo influyen estas emociones en nuestra
participación ciudadana a la hora de interactuar y dialogar con el que piensa
distinto? La política es el arte de la construcción de lo justo. Y lo justo
como estado sólo se puede hacer en común, desde el diálogo basado en el
reconocimiento del otro con el que convivo e interactúo, especialmente con el
que argumenta y actúa de forma distinta.
Para terminar, mejor
que preguntarme a quién voto prefiero que me pregunten qué pienso sobre lo
justo, sobre la libertad, sobre la igualdad… Esto no llevará a confusión. Lo
primero, por desgracia, creo que sí, porque yo soy el primero que me confundo,
seguro.