Todos nos preguntamos qué aprendizajes y qué cambios se producirán a raíz de esta crisis. Todo cambio en uno u otro sentido vendrá en gran parte motivado por las emociones que estemos viviendo ahora y que viviremos en el futuro. En la medida que las gestionemos con inteligencia, los resultados y aprendizajes serán más acordes a un crecimiento positivo y ético tanto a nivel individual como colectivo y, por tanto, a una mayor justicia. Gestionarlas con inteligencia supone reconocer y potenciar las emociones positivas y dar el sentido que tienen a las negativas (no es lo mismo que malas), que normalmente serán más reconocibles, abundantes y fuertes en estos momentos de crisis. De nosotros depende la incidencia que tengan unas y otras en nuestro día a día y en nuestra motivación a la hora de tomar decisiones a corto y medio plazo.
Seguramente las
emociones negativas básicas más reconocibles sean el miedo, la tristeza y la
ira. Su gestión (para que cumplan su función de ayuda) nos ha de llevar a
reconocer el valor natural y humano que tienen y potenciarlo en clave de
crecimiento y madurez. Por ejemplo, el miedo nos debería llevar a la prudencia,
al cuidado y a la preocupación por el otro y no al pánico, al bloqueo o a la huida.
La tristeza a reconocer la importancia de los vínculos, de las relaciones, a
valorar lo que tenemos antes de que lo perdamos, y no al desánimo y a la apatía.
La ira, el enfado, a ser críticos con los errores, personales y colectivos, especialmente con la política y con nuestro papel como ciudadanos, y no a ser
agresivos y violentos. Pero hay otras emociones negativas que surgirán o ya han
surgido, como la preocupación, la inseguridad, la indignación, que tienen que
ver con las básicas que he citado antes.
Las emociones nos
generan una amplia tipología de vínculos y relaciones con sus sentimientos
correspondientes. Desde las individuales (con nosotros mismos) a las más
globales, pasando por las distintas realidades comunitarias como son la
familia, la comunidad de vecinos, la local, la nacional/estatal, la europea en
nuestro caso y la mundial. Y aquí me quiero detener en un análisis muy concreto. Es el vínculo que se está
generando o re-generando a nivel de nación, patria o Estado, y la relación de
este vínculo y sentimiento (emoción) con nuestra percepción y solidaridad como
ciudadanos de un mundo globalizado, desde donde hemos de enfocar nuestro
compromiso como agentes de sensibilización y acción para la justicia y el
desarrollo.
Leyendo a Martha Nussbaum en su obra “Emociones
políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia?”, esta filósofa
habla del patriotismo como una emoción fuerte que tiene a la nación por objeto.
Recordemos que las emociones son el motor de nuestras motivaciones y las
motivaciones de nuestras conductas y actitudes. Y se pregunta ¿por qué
necesitamos una emoción así?, y mostrándonos la respuesta a esta pregunta que
hace otro autor, nos dice lo siguiente (lectura que hago y os invito a hacer
desde lo que estamos viviendo ahora): “Puesto
que vivimos inmersos en la codicia y el interés propio, necesitamos una emoción
fuerte, orientada hacia el bienestar general que nos inspire para que apoyemos
el bien común con medidas o gestos que impliquen sacrificio. Pero para que esa
emoción contenga suficiente fuerza motivacional, no puede ir dirigida hacia un
objeto puramente abstracto, como la “humanidad”, sino que su meta debe ser más
concreta. La idea de la nación, creía él (Mazzini), entraba perfectamente dentro
de este tipo de objetivos: suficientemente local, suficientemente nuestra,
suficientemente concreta…, como para motivarnos intensamente y, al mismo
tiempo, suficientemente grande como para implicar nuestros corazones en la
aspiración a una meta, un objeto situado más allá de la codicia y el egoísmo”.
Para las personas que
no nos hemos educado en emociones patrias o nacionales, enseguida nos viene la
asociación real y peligrosa, desde experiencias negativas que todos recordamos
o hemos estudiado, entre patriotismo y
exclusión de los demás, violencia, discurso agresivo y reaccionario, etc.
¿Pero no existe un
patriotismo bueno? Antes de responder esta pregunta, es bueno tomar conciencia
de que este tipo de emociones hacia el grupo cercano, tribu, comunidad…, han
existido siempre y existen en parte como herencia evolutiva. Por tanto,
partamos del hecho de que se da con mayor o menor fuerza y se va a seguir dando.
Esta autora citada,
habla de un patriotismo bueno, el que une estas emociones cotidianas de las
personas con un conjunto de intereses más generales que nos pueden llevar o nos
deben llevar al trabajo y sacrificio por un bien común. Además, desde una
perspectiva crítica, podemos apostar porque esas emociones tengan una carácter
inclusivo y una visión más amplia que nos lleve a entender y a sentir que el
bien común se trabaja y se vivencia – siente- (perspectiva emocional) más allá
de nuestras fronteras nacionales.
Aprovechemos las expresiones emocionales positivas por lo patrio o cercano e identitario (aplausos por
“nuestros” sanitarios, valoración de “nuestras” fuerzas de seguridad,
reconocimiento y preocupación por “nuestros” mayores…) para trabajarlas desde
la apertura trasnacional e incluyente. Así no degenerarán en políticas
discriminatorias, excluyentes y cerradas. A esto último nos llevarán las
emociones negativas: miedo, enfado, inseguridad, indignación, culpabilidades… y
a lo primero (un trabajo de sensibilización) las emociones positivas de la
alegría por el cuidado, el humor, la unidad, la esperanza y el optimismo.
Una imagen, una idea,
un pensamiento positivo, nos lleva más fácilmente al compromiso duradero y al
sacrificio por el otro que una idea, sentimiento o pensamiento agresivo,
miedoso, culpabilizador, ante situaciones muy humanas como las que estamos
viviendo ahora.
