viernes, 12 de febrero de 2021

Emociones, patriotismo y ciudadanía global

         Todos nos preguntamos qué aprendizajes y qué cambios se producirán a raíz de esta crisis. Todo cambio en uno u otro sentido vendrá en gran parte motivado por las emociones que estemos viviendo ahora y que viviremos en el futuro. En la medida que las gestionemos con inteligencia, los resultados y aprendizajes serán más acordes a un crecimiento positivo y ético tanto a nivel individual como colectivo y, por tanto, a una mayor justicia. Gestionarlas con inteligencia supone reconocer y potenciar las emociones positivas y dar el sentido que tienen a las negativas (no es lo mismo que malas), que normalmente serán más reconocibles, abundantes y fuertes en estos momentos de crisis. De nosotros depende la incidencia que tengan unas y otras en nuestro día a día y en nuestra motivación a la hora de tomar decisiones a corto y medio plazo.

Seguramente las emociones negativas básicas más reconocibles sean el miedo, la tristeza y la ira. Su gestión (para que cumplan su función de ayuda) nos ha de llevar a reconocer el valor natural y humano que tienen y potenciarlo en clave de crecimiento y madurez. Por ejemplo, el miedo nos debería llevar a la prudencia, al cuidado y a la preocupación por el otro y no al pánico, al bloqueo o a la huida. La tristeza a reconocer la importancia de los vínculos, de las relaciones, a valorar lo que tenemos antes de que lo perdamos, y no al desánimo y a la apatía. La ira, el enfado, a ser críticos con los errores, personales y colectivos, especialmente con la política y con nuestro papel como ciudadanos, y no a ser agresivos y violentos. Pero hay otras emociones negativas que surgirán o ya han surgido, como la preocupación, la inseguridad, la indignación, que tienen que ver con las básicas que he citado antes.

Las emociones nos generan una amplia tipología de vínculos y relaciones con sus sentimientos correspondientes. Desde las individuales (con nosotros mismos) a las más globales, pasando por las distintas realidades comunitarias como son la familia, la comunidad de vecinos, la local, la nacional/estatal, la europea en nuestro caso y la mundial. Y aquí me quiero detener en un análisis muy concreto. Es el vínculo que se está generando o re-generando a nivel de nación, patria o Estado, y la relación de este vínculo y sentimiento (emoción) con nuestra percepción y solidaridad como ciudadanos de un mundo globalizado, desde donde hemos de enfocar nuestro compromiso como agentes de sensibilización y acción para la justicia y el desarrollo.

Leyendo a Martha Nussbaum en su obra “Emociones políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia?”, esta filósofa habla del patriotismo como una emoción fuerte que tiene a la nación por objeto. Recordemos que las emociones son el motor de nuestras motivaciones y las motivaciones de nuestras conductas y actitudes. Y se pregunta ¿por qué necesitamos una emoción así?, y mostrándonos la respuesta a esta pregunta que hace otro autor, nos dice lo siguiente (lectura que hago y os invito a hacer desde lo que estamos viviendo ahora): “Puesto que vivimos inmersos en la codicia y el interés propio, necesitamos una emoción fuerte, orientada hacia el bienestar general que nos inspire para que apoyemos el bien común con medidas o gestos que impliquen sacrificio. Pero para que esa emoción contenga suficiente fuerza motivacional, no puede ir dirigida hacia un objeto puramente abstracto, como la “humanidad”, sino que su meta debe ser más concreta. La idea de la nación, creía él (Mazzini), entraba perfectamente dentro de este tipo de objetivos: suficientemente local, suficientemente nuestra, suficientemente concreta…, como para motivarnos intensamente y, al mismo tiempo, suficientemente grande como para implicar nuestros corazones en la aspiración a una meta, un objeto situado más allá de la codicia y el egoísmo”.

Para las personas que no nos hemos educado en emociones patrias o nacionales, enseguida nos viene la asociación real y peligrosa, desde experiencias negativas que todos recordamos o hemos estudiado, entre patriotismo y exclusión de los demás, violencia, discurso agresivo y reaccionario, etc.

¿Pero no existe un patriotismo bueno? Antes de responder esta pregunta, es bueno tomar conciencia de que este tipo de emociones hacia el grupo cercano, tribu, comunidad…, han existido siempre y existen en parte como herencia evolutiva. Por tanto, partamos del hecho de que se da con mayor o menor fuerza y se va a seguir dando.

Esta autora citada, habla de un patriotismo bueno, el que une estas emociones cotidianas de las personas con un conjunto de intereses más generales que nos pueden llevar o nos deben llevar al trabajo y sacrificio por un bien común. Además, desde una perspectiva crítica, podemos apostar porque esas emociones tengan una carácter inclusivo y una visión más amplia que nos lleve a entender y a sentir que el bien común se trabaja y se vivencia – siente- (perspectiva emocional) más allá de nuestras fronteras nacionales.

Aprovechemos las expresiones emocionales positivas por lo patrio o cercano e identitario (aplausos por “nuestros” sanitarios, valoración de “nuestras” fuerzas de seguridad, reconocimiento y preocupación por “nuestros” mayores…) para trabajarlas desde la apertura trasnacional e incluyente. Así no degenerarán en políticas discriminatorias, excluyentes y cerradas. A esto último nos llevarán las emociones negativas: miedo, enfado, inseguridad, indignación, culpabilidades… y a lo primero (un trabajo de sensibilización) las emociones positivas de la alegría por el cuidado, el humor, la unidad, la esperanza y el optimismo.

Una imagen, una idea, un pensamiento positivo, nos lleva más fácilmente al compromiso duradero y al sacrificio por el otro que una idea, sentimiento o pensamiento agresivo, miedoso, culpabilizador, ante situaciones muy humanas como las que estamos viviendo ahora.


domingo, 7 de febrero de 2021

Fronteras y justicia

 Separación, límite, distinto, desigual... ¡reto y oportunidad!

    Toda situación de injusticia tiene que ver con algunas fronteras, externas o internas. Las externas son las que muestran las divisiones y separaciones, generan o visualizan injusticias. La existencia de las mismas nos remiten a las fronteras internas, lo que nos bloquean, nos desvinculan, nos impiden la empatía y la compasión.

    La lucha por la justicia o el derribo de las fronteras que matan o incapacitan tiene mucho que ver con nuestra capacidad y voluntad.

    Capacidad en cuanto posibilidad de pasar de nuestra zona de seguridad y comodidad a la zona creativa del compromiso ciudadano dentro de la sociedad y la política. Este paso implica transitar por la zona de aprendizaje, imprescindible para erradicar la ignorancia, la falta de conocimiento, de análisis y la incapacidad para generar alternativas. 

    Voluntad como esfuerzo en el tránsito de nuestras "grandes ideas y valores" a la acción concreta y comprometida. Quizás sea la falta de voluntad que nos lleve a la acción, al movimiento, lo que explica que no hayamos llegado a la concienciación necesaria y al estímulo emocional requerido para transitar al otro lado de esa frontera. Nos quedamos anclados en nuestra zona de aprendizaje hasta que se convierte nuevamente en zona de seguridad y comodidad, sin llegar nunca al ámbito de la creatividad hecha acción, de la magia hecha alternativa, hasta hoy inédita. 

    No traspasamos nuestra propia frontera creada y apuntalada por nuestra sociedad de consumo, del placer y del confort. La ilusión generada por tanta experiencia ajena de lucha, por tanto curso de formación solidaria, por tanta (es un decir) lectura generadora de motivaciones varias, queda al final reducida al encanto altruista que desde su inoperancia edulcora un estilo de vida que, con matices, no hace sino consolidar el tipo de sociedad neoliberal que nos vende este capitalismo insuflado en vena.

    Eliminar las fronteras de las injusticias, requiere, por tanto, capacidad aprendida y voluntad fortalecida. Sin las dos todo compromiso se quedará en esa ilusión dopamínica (generada por grupos e instituciones emocionalmente calentitas y de refuerzo de nuestros "grandes valores") que nos debería impulsar a la acción, pero que, al quedarse en mera ilusión, su poder hormonal se desinfla con tanta facilidad como la que nos lleva la atención de un lugar a otro sin quererlo.

    ¿Nos reconocemos en ese quiero (me ilusiona, me convence, me motiva) pero no puedo (el tiempo, el esfuerzo, el no sé cómo, el desánimo, las distracciones)? ¿Entran en contradicción mis deseos e ilusiones con mis capacidades y mi fuerza de voluntad? 

    Nadie dijo que pasar por una frontera fuera fácil, más si son las generadas por las injusticias: altas, con pinchos, distancias, mares y océanos. Pero seamos sinceros con nosotros mismos, reconozcamos nuestra capacidad real y nuestra verdadera voluntad, pues así podremos empezar a derribar aquellas que nos imposibilitan generar alternativas de justicia.

jueves, 4 de febrero de 2021

Una "alianza comunitaria" por la Justicia.

     ¿Qué puede aportar la espiritualidad (y la reflexión cristiana) a la práctica de la justicia global? Muchas cosas. Una de ellas podría ser una concepción de la convivencia y del encuentro ciudadano que vaya más allá del teórico "contrato social" por el bien común. Este contrato, como contrato que es, se fundamenta en los intereses de las partes que buscan un común provecho del mismo. El problema está en aquellos que quedan sistemáticamente al margen de ese contrato social y de cualquier otro, que no son parte porque no cuentan, porque están silenciados e invisibilizados. Otro problema es el que surge cuando hay intereses "buenos" que entran en conflicto y cuya resolución siempre vendrá inclinada del lado de los que sustentan un mayor poder consciente, controlable, e inconsciente e incontrolable.

    La propuesta iría entonces conceptualizada desde la idea de una "alianza comunitaria". Dos conceptos unidos con un gran recorrido de tipo espiritual (de sentido humano). La Alianza como pacto no sustentado desde el interés y protegido por el poder sino desde la alteridad, el otro como misión, como generador de compasión, como centro de mi interés por encima del propio, como dador de sentido de mi propia existencia. Comunitaria en cuanto a una visión que supera y trasciende al individuo, al egocentrismo, y pone el foco en las relaciones sociales como factor determinante de humanización y, por tanto, de felicidad compartida, la única posible desde una concepción global del mundo, del ser humano como especie y de la naturaleza como esencia que nos posibilita como seres.

    ¿Cómo sería una política basada en esta "alianza comunitaria"? Una política no basada sólo como "razón racional", apuesta de la ilustración y el modernismo, como si por ella sola fuéramos capaces de ser justos y buenos (por desgracia el siglo XX ya nos ha demostrado que no). Tampoco una política light, líquida y emocional propia de estos tiempos que corren y que caracterizan este postmodernismo con sus populismos y nacionalismos correspondientes. A lo mejor hay que apostar por esa política que equilibre la razón con la emoción, políticas racionalmente emocionantes y emotivamente racionales, pero que contengan una visión espiritual (dadora de sentido humano, individual y colectivo). Políticas que alíen al yo con el tú y con el otro, que hagan un nosotros sin un ellos. Políticas que entiendan al ser humano como un ser socio-comunitario, tan multidependiente y necesitado del otro como vulnerables que somos a nuestra propia naturaleza. 

    ¿Y un partido que apueste por este tipo de políticas, con una mirada lo suficientemente global y humano para actuar en lo local desde esta alianza comunitaria? A lo mejor.


miércoles, 3 de febrero de 2021

LIBROS QUE HABLAN… DE COSAS QUE PASAN (II)

 Identidad y Violencia de Amartya Sen

En las disputas ciudadanas, políticas y periodísticas, cada vez se nos define más sólo por una pertenencia singular, polarizada y etiquetada: facha, populista, casta, franquista, comunista, duquesa, hijo de terrorista… Cuidado cuando esto se lleva al poder político y a las instituciones democráticas generando división y violencia. Utilizar una pertenencia o rasgo identitario absolutizándolo, sea real  o no, para desde ahí etiquetarlo y "utilizarlo", no es una práctica que nos humanice en nuestras relaciones y convivencia social.  

La violencia sectaria que se extiende hoy en todo el mundo no es menos cruel ni menos reduccionista de lo que era hace sesenta años… Hay una gran confusión conceptual acerca de las identidades de las personas, que convierte a los seres humanos multidimensionales en criaturas unidimensionales” (P. 231) “La reducción artificial de los seres humanos a identidades singulares puede tener efectos disgregadores, lo que podría terminar haciendo del mundo un lugar mucho más peligroso” (p.236).

     Reducir la identidad de una persona a lo ideológico, a lo étnico o a la clase social nos empobrece y facilita la justificación de la violencia. Cualquier etiquetaje que hagamos de una persona siempre será reduccionista, conflictivo e injusto, más si lo hacemos para insultar, denigrar o justificarnos ante la falta de argumentación. Y esto es inadmisible en nuestros representantes políticos y en la acción política en general. Si concebimos a la persona en sus múltiples pertenencias (identidades), empezando por la de ser humano, y desde ahí hacemos política, esta acción tendrá muchas más posibilidades de ser humanizadora y, por lo tanto, justa y representativa.

    Tratar a las personas desde sus múltiples pertenencias, que configuran su personalidad y oportunidades vitales, nos posibilita la acción justa. La justicia tal y como la concibe Sen, está orientado hacia la libertad y las oportunidades, es decir, la habilidad efectiva de la persona para optar por vivir los estilos de vida que estén a su alcance y que decida de forma libre. 

Parlamentar o el acto democrático de lo que debería ser.

     Parlamentemos. Acto de hablar, escuchar, debatir, compartir, encontrarse desde las ideas, desde las emociones, desde los valores. Súbanse a la tribuna y compartan, parlamenten. Tantos futuros en juego, dignidades por salvaguardar. Representantes de vulnerabilidades que esperan salidas, reconstrucciones sociales que aspiren a dejar de excluir a los que no tienen voz. Curiosa paradoja. Voces sin voz que se dejan confiadas en las voces de los que nos dicen representar, pero que se apagan por los ruidos de fondo y de forma. Parlamenten. 

    Cacofonías parlamentarias, ruidos de estrados, voces quebradas de significado que se alejan de para lo que fueron creadas. Silenciadas por las estridencias de los egos que se apoderan del poder de lo que tendría que ser un servir a. Un poder desde y para el servicio. Un servicio para poder ser el poder de los que pueden transformar las cosas.

    Parlamentemos si todavía fuera posible. Sólo posible quizás si parlamentamos fuera del espacio creado para ello y que lo han subvertido. Generemos nuevos espacios mientras no lo liberen. Hagamos que la ciudadanía parlamente para encontrar una solución a la subversión del acto de parlamentar como acto democrático. Porque lo que se está subvirtiendo es el orden establecido para atender a la realidad y buscar entre todos los representantes las ideas que aporten justicia y bienestar, que es para lo que están o deben estar.


lunes, 1 de febrero de 2021

Hablemos de política, con perdón.

         Hay preguntas que según las circunstancias son algo tabúes, como preguntar la edad, si tienes pareja o tu estado civil, si le  gustas a una persona (no necesariamente en su sentido romántico). Yo diría que por encima de esas hay una especialmente difícil de preguntar, la de tu ideología y práctica política. Yo, que tengo amigos, compañeros y conocidos en ambos extremos del ideario político y partidista (no porque lo haya preguntado, que no es culturalmente correcto, parece, sino porque se suele notar), no sé hasta qué punto me identifican con una determinada ideología. Es más, sé que unos me identifican más con un ideario y otros con otro. Y no porque quiera jugar al despiste, sino porque no me suelen preguntar y porque mi identificación política tiende a huir de etiquetas partidistas demasiado constreñidas, que por nuestra cultura llevaría a meterme en un “club ideológico” apasionado o al menos demasiado seguidista de lo que piense el líder o el color del partido en cuestión.

Un problema social, cultura y, por ende, educativo, es el de la tremenda  dificultad en elaborar argumentos políticos. En ello las redes sociales tienen mucho que ver. Lo que se fomenta es el mensaje corto, radical, emocional y de seguidismo dependiente. Qué fácil es dar a “compartir” y así identificarme con ideas que no son elaboradas por mí sino por mis “influencers” políticos  e ideológicos.

A lo mejor el problema de que no nos guste que nos pregunten nuestro ideario político es que no tenemos el conocimiento ni la capacidad argumentativa para defender ideas más allá de los etiquetajes oportunos. Sería una primera pregunta que nos podríamos hacer.

Tampoco ayuda el ejemplo de los debates parlamentarios y menos los periodísticos o televisivos. El objetivo no es dialogar desde los argumentos, no se busca la verdad sino el convencer o el agredir, para así situarse en una posición de fuerza y de poder ante la carencia de réplica argumentativa. Es verdad que nuestro cerebro está hecho para intentar llevar la razón y convencer y no tanto para descubrir la verdad de las cosas (y esto es ciencia, lo siento).

En los debates políticos y sociales se busca más el seguidismo panfletario, el forofismo partidista, que la construcción colectiva de una verdad que nos atañe a todos porque debe buscar el bien común. Hay una pregunta que ya de por sí hacerla desmorona el sentido intelectual de todo esto. Ante debates sobre cuestiones difusas, matizables, novedosas, que requieren por eso de mucha escucha, de muchos argumentos a compartir, ¿cómo es posible que ya de ante mano haya ideas, opiniones colectivas idénticas y posicionamientos radicales uniformes de muchas personas identificadas con unas siglas o unos colores? Observemos las votaciones en el Parlamento y los aplausos colectivos, uniformados por una fidelidad no a la verdad sino a la tribu. O en las RRSS, cuando vemos un twit, o una opinión en facebook de una persona identificada con un color (partido, sigla, tribu), los “me gusta” sin matices, las alabanzas sin crítica, o las críticas feroces que vienen determinadas no por la fuerza de los argumentos sino por la fuerza de la hinchada política en cuestión.

Cuando sale una opinión de un político o de un partido, ¿no tiendo a identificarme más por el “quién” lo dice que por el “qué” dice? Quizás el “quién” es ya un condicionante excesivo para mi posicionamiento.  El “qué” me debería llevar a escuchar, informarme, interpretar y sobre todo argumentar más allá del lema tópico típico a que estamos tan acostumbrados para pensar lo justo (poco) y ser ideológicamente tan dependientes.

            Y volviendo a la pregunta que seguro que muchos se estarán haciendo o se han hecho en algún momento. ¿Cuál es mi ideología política? ¿Izquierda, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres? ¿PSOE, PP, VOX, Ciudadanos, PODEMOS…? Etiquetas.

La clave de la Democracia no está en los etiquetajes políticos (tendencia malsana de la ignorancia, de la vagancia intelectual o de la apatía social, y así nos va) sino  en la práctica política, en sus argumentos racionales, en las emociones gestionadas y en la acción transformadora.

Los argumentos racionales tiene que ver con la idea de Justicia, de Libertad, de Igualdad…, que tengamos ¿los tenemos? Pero me voy a centrar en lo que me parece más sugerente en este momento, porque desde ahí se activa en gran medida la participación política, sus formas y sus consecuencias. Se trata de lo emocional. Y en concreto el miedo, la esperanza y la seguridad.

 El miedo, como generador también de la rabia (ira, enfado), el asco (aversión, desprecio) y la envidia, es o son las principales fuentes emocionales de la práctica de la violencia física y verbal, de la exclusión y marginación social, no solo económica, que también. Por tanto, de determinadas prácticas e ideologías políticas.

Un ejercicio. ¿Seríamos capaces de identificar estas emociones en las opiniones, los gestos, las formas de nuestros políticos, periodistas, analistas o en nosotros mismos cuando hablamos de política? Enfado, ira, envidia, asco. Sobra decir que si nos vamos a las RRSS estas emociones campan por sus anchas en un nicho ecológico altamente reproductivo. Estas emociones tienen un trasfondo de miedo muy importante, de inseguridad y de falta de esperanza. ¿En el fondo a qué o quién tememos? ¿De dónde nacen nuestras inseguridades más profundas? ¿Cómo afecta eso a nuestras capacidades para el diálogo con el otro que piensa distinto desde el reconocimiento del mismo como un interlocutor válido, respetable y querido? ¿Respetable y querido? Será el de mi ideología, partido o tribu, ¿no? Dirían muchos.

La esperanza como base para el diálogo político y la solidaridad, como antídoto del miedo, surge y se nutre del amor, el amor a una causa, a una nación, al conciudadano, al rival, al mundo… o a Dios. Y de este amor surge una emoción y una capacidad, cada vez más reconocida en el mundo de la psicología y la filosofía, que es fundamental para el cambio social en la línea de los derechos humanos y de la lucha contra la injusticia: la compasión. La compasión es una emoción capaz de motivarme para la acción siempre que se mueva en el marco de la esperanza. La compasión y la esperanza, dos de las grandes emociones políticas para gestionar un mundo desde la justicia y la solidaridad.

La vivencia y la participación ciudadana y política es profundamente emocional en nuestra cultura. ¿Sabemos identificar las emociones que nos surgen en estos ámbitos? ¿Somos capaces de tomar conciencia de cómo influyen estas emociones en nuestra participación ciudadana a la hora de interactuar y dialogar con el que piensa distinto? La política es el arte de la construcción de lo justo. Y lo justo como estado sólo se puede hacer en común, desde el diálogo basado en el reconocimiento del otro con el que convivo e interactúo, especialmente con el que argumenta y actúa de forma distinta.

Para terminar, mejor que preguntarme a quién voto prefiero que me pregunten qué pienso sobre lo justo, sobre la libertad, sobre la igualdad… Esto no llevará a confusión. Lo primero, por desgracia, creo que sí, porque yo soy el primero que me confundo, seguro.

¿Justicia o libertad?

      Con todo el jaleo político generado en los últimos días y la próxima contienda electoral, me preocupa los tintes que está ya tomando e...